Vamos a probar a intentar:
Un vaso de métrica ideal,
De muchas letras, pocas mas solar,
Y con rima sonal al final,
(Intentar – solar) y (ideal – final)
Pero me canse
Algo nuevo...
...Para otro más
Si Te vuelves a meter en mi cabeza de esa forma...
Te hago cagar!
(SI, SI! me puse violento, pero aceptémoslo, de pronto sin avisarnos, un NN (Nomen nescio), nos mira a los ojos y devela eso que no queríamos... Ese silencio de cómo trabajan nuestras neuronas para no dejar ver(nos)... Desenlace)
A la mismísima mierda con los que nos dejan con la taza de café a medio camino y el miedo de ser tan trasparentes.
lunes, 22 de agosto de 2011
Y leo Risueño:
En agosto se me pelan los ojos. Y me siento una tragedia caminante. Una historia innovadora y espontanea. Color fresa de mangas cortas. Engarzando una corona de aire. No pienso en divagar, tampoco me arrepiento. Con mi reino a cuestas, leo risueño.
Había decido a embriagarme para escribir un texto más o menos legible, dependiendo, obvio, del estado de su escritor al momento de empezar semejante epopeya (hace un tiempo que me invaden miles de ideas; pero la perezosa pluma, al momento de dignarse a escribir, solo atina a depositar actos amorosos fallidos o una mezcla rara entre un cuento de desazón y pampas húmedas).
Siempre que leo a uno de mis escritores pienso el estado que acobijo su alma para producir semejante obra, y pienso en un Rimbaud lleno de drogas psicodélicas, o un García Márquez ebrio en su escritorio. Luego me retracto, no creo que el señor Gabriel haya estado tanto tiempo en embriaguez como para producir su realismo mágico, más de cien años de ella si no leo mal.
Sonriente, le serví un té en la cama a mi abuela, que había decido misteriosamente retirarse a su alcoba y dejarme la cocina solamente para mi “uso “ personal. No porque intuyera lo que acaecería. Ya que ambos hemos terminado en estados bastantes embarazosos antes, es de imaginar la escena de ambos ebrios en el cubículo que es la cocina, que además de graciosa, seria repetitiva puesto que en navidad y para la semana pasada nos embriagamos, sin querer, juntos en la tarde, a la par.
-Cocina-
Prendí el grabador, agite la coctelera, y mientras Edith piaf inundaba mi cocinar, un aperitivo de vino blanco con hojas de burro y cedrón, ingerí.
Los platos, ya empezaban a escurrirse, al tiempo que uni and her hukulele al compás de Beirut marcaban el tiempo: abro la heladera, en (re)busca de ideas sobre lo que escribir, indagando en ese compartimiento cuadrado o, simplemente intentando hallar los limones.
Mientras exprima las imágenes se posaron en mi mente, un nuevo comienzo, el cuento que hace meses prometo escribir, una obra de teatro, el estruendo de miles de ideas neonatas que rodaban por sobre los descuajeringados limones, que cicatrizaban de la forma más dolorosas, esos fetos de ideas recién desprendidos.
En semejante accionar, hasta la mujer del libro (inmaculada Cristina Wargon) me parece lasciva, picara y hasta llamativa; a lo que pienso sonrojado, ojala que mi amada Ana María Shua no se entere. Caigo en la cuenta, esto es demasiado ya.
Volví, a paso regular, medido a preguntarle a la Abu, si quería algo más. Algo así como la bolsa de agua atine a oír, puse la pava, y mientras llenaba el susodicho trasto, el café con licor se coló por mi garganta.
Ahora me siento, entonado, a escribió, con una copa de whisky en mis mano y jugando con el hielo, mareado, escribo frenético, ideas, desenlaces, musas varias. El piso gira, me levanto y contemplo mi obra casi completa…
Paulo se despertó, camino medio dormido hasta su baño, pisando en su llevar peluches de las personas que vivían con él: el del nombre raro.
Destapose el dentífrico y colgado de un haz de luz quedo. Pequeño Paulo se descubre el pelo de la frente y regresa a buscar su ropa con cuidado de pisar los miles de muñecos que envuelven su cuarto.
martes, 14 de junio de 2011
Era facundo. Si, facundo y punto. Era facundo, “el” abogado y todos los “deber ser” encima y punto final.
Era facundo en su oficina del segundo piso en la calle de los abogados, con su maletín negro y su traje de camisa y corbata. Y, como lo dicta el sentido común, su silla giratoria, una que otra caja rellena de de documentos. La estantería que ostenta su conocimiento, plagada de libros que, con palabras de pronunciación difícil y significado relativo, le validan: Facundo abogado.
Facundo mira su escritorio; lámpara de luz tenue (verdosa como las de los juristas), acomoda un fajo de textos, se acomoda el nudo de la anquilosada corbata, y cae en la cuenta, en la horrible cuenta.
En el lapicero poblado de lapiceras de escritorio formalísimo, en SU lapicero de orden y protocolo. Metrópolis de plumas negras, un, un ingenuo y solitario portaminas ROJO esperaba pasar desapercibido: desafiante.